Conquista del Sur

Publicado: diciembre 18, 2008 en General

En principio fue el desarraigo. Hubo claro, un cierto espíritu de conquista: civilizar, convertir a la fe, ocupar los vastos territorios salvajes.

En el Sur del Sur no había civilizaciones. Solamente inmensidad fértil, sin árboles ni piedra. Sólo el agua del Sudeste en el invierno, y el sol abrasador en el verano.

En pocos años, hidalgos, criollos, y mancebos de la tierra, forjaron una raza nueva.

Bajaron del Norte, a fundar nuevamente Buenos Aires, a darle el águila negra de su bandera, el escudo de armas de Juan de Garay.

El noble Don Pedro de Mendoza, había sido arrasado por el barro y por el hambre.

Las puertas de la tierra resultaban esquivas al océano.

Los hombres del confín, no atendían con demasiado rigor las leyes de la corona, porque el territorio imponía sus propias leyes, para poder cumplir con su destino.

Se acristianaron, como pueden hacerlo unos hombres solos, en una Patria nueva y salvaje, que se hace caminando y caminando, cuando los caballos se mueren, se comen, o simplemente no sirven.

Los curas se hicieron responsables de Cristo como pudieron, frente a la desnudez del paisaje y las mujeres. Regía la antigua religión de la voluntad y el acero, que siempre implica cierta devaluación sacerdotal.

El Cristo que colgaba del crucifijo, aún siendo Dios, se sobresaltó un instante ante sus hijos. Bendijo en silencio las espadas, y sintió admiración por los hombres de hierro que la muerte solar, pronto le arrebataría. Sobre la superficie oscura del río, rodaron sus lágrimas de Dios y de sangre.

Las naos quedaron calladas y vacías, y el agua entregó las almas al desierto, como a un espejo seco, de su misma extensión interminable.

La humedad y el hambre pronto dominaron el metal. No era nada la espada, en una extensión que disminuye al hombre a la angustia de la insignificancia. Entonces nació la lanza, el galope, la boleadora robada al salvaje.

Siempre fueron hijos del exilio. Los reyes de Europa ya respiraban su decadencia iluminista, la España imperial entraba lentamente en su último sueño, mientras ellos se elevaban a una nueva nobleza. Galoparon sin tiempo bajo las estrellas. Trajeron mujeres, árboles, caballos, mastines, pero ninguna cosa fue la misma al descender de los navíos.

Pelearon contra el indio, contra el contrabandista del norte y del puerto, contra el inglés. Pelearon las guerras civiles de la decadencia imperial. Pero no los venció un ejército, sino el comercio. No fue la sangre sino la moneda, la que degradó su cercanía con el cielo.

Comenzó entonces el exilio interior. Un destierro más cruel que el anterior.

Lo que no quiso degradarse al dominio del dinero, fue muerto sin más.

Luego llegaron otros, los que Europa expulsaba, porque ya no le eran necesarios: trabajadores, soldados, políticos, nobles. Los derrotados de su grandeza vencida.

Nadie sabrá jamás cuántos fueron, ni su verdadera historia. Es parte del mito. Caminaron pensativos por los apretados senderos de los jardines oscuros. Yo llegué a verlos. Ya no están. Ahora la densa vegetación también espera morir.

De la tristeza y la lejanía nació un alma poderosa, que debió ser asesinada, con ingentes recursos por el enemigo. Y en eso estamos ahora, en el morir del alma, de la voluntad, de los objetos, de la estética, de todo lo elevado que hubo en esta tierra inacabable, que ya no es nuestra.

Juan Pablo Vitali

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